Orientación en tiempo de cambio

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La evolución de las sociedades nos ha llevado hasta el momento presente. Vivimos en un mundo más interrelacionado que nunca, y las repercusiones de esta globalidad nos afectan tanto a nivel individual como a nivel colectivo.
Las fronteras se han abierto. Los mercados toman nuevas dimensiones. Los productos se diversifican y la tecnología accede a áreas cada vez más amplias. Los sistemas sociales se desintegran. La naturaleza reclama atención. Todo el entorno planetario está involucrado en este proceso.
La persona, la familia, la empresa y la institución se ven condicionados por la incertidumbre que generan los constantes cambios en la tecnología, en las relaciones laborales, en la enseñanza y la educación, en el medio ambiente, etc…
Todo parece más complejo, pero también más interesante.
Ante la condición cambiante de nuestro tiempo las referencias se diluyen. Prosperar con firmeza en este inquietante presente requiere más creatividad, flexibilidad y predisposición. Hay que avanzar al ritmo del tiempo y reconvertir el riesgo y el cambio en oportunidades. El reto es conseguir actuar más allá de la planificación, dando respuestas positivas a lo imprevisible.
No hay mejor inversión que abrir la puerta al cambio y al crecimiento.
Este es un momento de sutileza y equilibrio. Sutileza en las formas como se nos presentan las oportunidades, y equilibrio a través del conflicto entre opuestos (globalidad-individualización, oriente-occidente, autonomía-integración, formalidad-iniciativa, innovación-raíces, intuición-deducción…)
Para optimizar el desarrollo social, científico y tecnológico que nos incumbe debemos estimular el desarrollo humano. No existe el uno sin el otro: más información no implica necesariamente más conocimiento, también puede representar más confusión. Serán las experiencias y las habilidades personales lo que convertirá las novedades en algo útil para el progreso.
Desarrollar las habilidades humanas propias eleva el nivel de competencia, de aceptación, de confianza y de colaboración. La expansión de estas habilidades individuales se convierte en deber y patrimonio de todos, independientemente del ámbito donde uno se desarrolle.
La empresa y la institución se perfilan como el marco idóneo para trabajar este desarrollo, asumiendo el compromiso, la credibilidad y la responsabilidad con sus integrantes y con el resto de la sociedad.

Si podemos movilizar todas las habilidades humanas y aliarlas en sentido ético, podremos ayudar a incrementar la posibilidad de supervivencia de nuestro planeta y contribuir a nuestro bienestar

(Howard Garner)